La PERSPECTIVA con la que uno ve las cosas altera nuestra percepción de las mismas. Las islas Medes no son lo mismo vistas desde el Castillo de Torroella de Montgrí que desde la Punta del Milà. Ni Port Lligat tiene la misma magia si uno llega por tierra que arrastrado por las olas rotas en cabo de Creus. Tampoco tiene nada que ver Cadaqués por la serpenteante carretera –un verdadero cúmulo de impaciencias– o por el litoral que dibujan las casas y los embarcaderos de adinerados veraneantes. Y es que uno de los más claros ejemplos de esta ley no escrita de la sensibilidad paisajística está en la zona del Parque Natural del cabo de Creus. Desde Port de la Selva hasta Roses, el litoral esconde rincones que invitan a armar la paleta. Pintar quizás sería excesivo para los que la plástica escolar se atragantaba hasta septiembre, pero la visita a vista de kayak sí es algo más asequible. La aventura empieza en Port de la Selva. Antes de partir es importante conocer el parte meteorológico, con especial atención al estado de la mar y el viento. Si se anuncia tramontana, paella en el paseo y a esperar que pase.
Es recomendable partir desde la parte sur del puerto para evitar tener que sortear embarcaciones de recreo o de pesca. Ya en ruta y rodeado el Cap Gros, el panorama cambia completamente. Las rocas desgarbadas por el viento y las olas dibujan un paisaje lunar que demuestra la fuerza de un mar que va comiendo las uñas de una tierra en la que se palpa la evolución de paleozoico inferior.
Una de las primeras playas en las que tomar un respiro es la Taballera. Estrecha y acogedora, esta cala invita a estirar las piernas y escalar una pequeña cuesta desde la que la vista amansa los músculos. El paisaje va oscureciendo a medida que nos acercamos al cabo de Creus. Las formas juguetonas de las rocas despiertan la imaginación de los que gustan buscar imágenes en las nubes. Las pequeñas calas, como el Portaló, despiden la cara norte del punto más al este de España. Es recomendable evitar las horas de más viento –a partir del mediodía y hasta alrededor de las cuatro– para cruzar el cabo de Creus. Lo mejor es comer en Cala Culip, pasado el Club Mediterranée –vestigio del pasado turístico incontrolado de la zona– para afrontar el paso con garantías.
ADMIRACIÓN Y TEMOR
El cabo de Creus se rema con una mezcla de admiración por el paisaje y temor por el viento. El paso que abre la isla S’Encalladora resguarda de la brisa y permite contemplar el entorno antes de cruzar hacia Cala Jugadora –previo paso por la cueva del Infern– donde se pueden dejar los kayaks y caminar 15 minutos hasta el restaurante del faro, en el que una cervecita sabe a santo grial.
Más tarde, el barco amarillo restaurado de Dalí recibe al turista marítimo. Estamos en Port Lligat, donde el genio surrealista descansaba y maduraba sus ideas en una casa hecha a su medida que hoy se ha convertido en un museo algo caro pero digno de ser visitado. En la isla de Port Lligat reposa nudista el barquero. Un hombre delgado y fibroso que realiza un recorrido de unos 50 metros en una barca atada a lado y lado con una cuerda que va tirando con la tranquilidad propia del lugar. Detrás se esconde Cadaqués, resguardado del viento por un cabo en el que abundan las casas que toda postal quisiera incluir en su cara vistosa. La llegada se hace larga.
La iglesia de Cadaqués saluda al remero desde las alturas en el final de esta primera etapa. Debajo, la playa de Cadaqués, con su paseo sinuoso por el que las motos adolescentes ensordecen un ambiente que sólo la tramontana debería alterar. Fin de etapa. Eso sí, el paseo por la localidad ampurdanesa es obligatorio y sin excusas: las piernas no reman. El segundo día nos llevará a Roses. Cuesta despedirse de Cadaqués: junto con Calella de Palafrugell, quizás, el rincón de la Costa Brava que más emociones despierta. Cala Jòncols es la primera parada. Vigilada por el cabo de Norfeu –invita a una excursión a pie–, esta cala cuenta con un simpático restaurante para los poco previsores. Después vendrán las calas de Canadell, La Pelosa, y Calitjar; un aperitivo de Cala Montjoi, la playa en la que Ferran Adrià levanta su emporio gastronómico junto a un complejo residencial con años de historia.
Antes de llegar a Roses, encontramos Cala Rostella y Cala Murtra. Pasada la punta Falconeta, nos recibe Canyelles como preludio del interminable golfo de Roses. Sorteado el puerto de Roses, las minúsculas pero continuas olas embarrancan el kayak en la playa, punto final a una de las rutas más recomendables de la Costa Brava. Tanto a pie como en kayak.
(*) Este texto es una copia íntegra del articulo en EL PERIODICO de CATALUÑA el 15 de Julio de 2004, redactado por el periodista CARLOS MARQUEZ DANIEL

¿Puedes indicarme si está realmente permitido pernoctar en una playa?
Por la información de que dispongo, sé que está permitido pernoctar en playas, e incluso puedes montar una tienda siempre que sea de noche. Es decir, que hay que montarla cuando ha oscurecido y levantarla antes de que amanezca, al estilo de las zonas de carga y descarga en las ciudades
Pues sinceramente no sé que dice la ley. A pesar de que hay una ley de costas a nivel español, no sé si las comunidades autónomas regulan este tema.
Pero al menos te puedo asegurar que son muy bajas las probabilidades de que te digan algo si plantas al anochecer y recoges al amanecer.